viernes, 20 de abril de 2018

(1) Reencuentro y primera caminata por Anaga

Habían pasado casi cuatro años desde la última incursión del grupo por Canarias. Esta vez, y no se tome a mal, fue un recurso una vez abortada la excursión por Transilvania por motivos personales de algunos de los presentes. En tal circunstancia se optó por una apuesta segura... como lo fue La Palma en 2011 y Tenerife y La Gomera en el 2014.



La cita se fijó para el 14 de abril en el aeropuerto de Tenerife Norte, pero con un pequeño cambio sobre lo que es habitual. En lugar de enfilar el hotel o alojamiento de turno, el destino fue una urbanización del municipio de El Sauzal, en el norte de la isla. Motivo: Ana y Juanma, dos de los habituales, residen allí desde hace casi un año. Y en su casa tuvo lugar el reencuentro y la merendola inaugural. Faltaban en ese momento tres de los participantes: la canariona Blanca (que llegaría un día después) y Mariajo y Manolo (desde Galicia), que lo harían el martes antes de desplazarnos a El Hierro.Y como novedad, para los estudiosos, la presencia de Maika por primera vez, que seguro que no la última a la vista de cómo se desenvolvió por las crestas isleñas, con una profesionalidad sin discusión.



Al día siguiente, Fernando nos tenía preparada una sorpresa, pues no de otra forma puede calificarse el recorrido que hicimos por Anaga, esa impresionante zona boscosa y montañosa del noreste de Tenerife. Fue una marcha corta en kilómetros (8,6) y larga en horas, de lo que es fácil deducir que el trayecto era abrupto, por simplificar. En este recorrido cubrimos 770 metros de subida y 870 de bajada.
Citados a primera hora del domingo en el hotel del centro de Santa Cruz, salimos en dos taxis hasta el caserío del Pelotón, en el barrio de María Jiménez. Llegamos a un valle profundo con un enorme barranco, de donde salen dos rutas: Crispín y valle Brosque. y elegimos esta última. Aquí empezamos la andaina por el histórico camino de Las Vueltas, hoy un simple y complicado sendero y siglos atrás la autopista de la comarca para comunicarse con La Laguna. Cuesta trabajo imaginarlo.



El barranco que nos recibió merece una visita solo por contemplarlo, pero nosotros, además, lo disfrutamos durante una caminata que se alargó 5 horas. Tras un invierno lluvioso para los cánones canarios, el tapizado verdoso de montañas y barrancos y la pujanza de las plantas en general eran un auténtico regalo, caso de los magníficos cardones de la imagen superior. Así lo entendimos y nos pusimos inmediatamente en marcha.


Bien  asesorados por nuestro director, Fernando, con el refuerzo de Víctor, los dos canarios del grupo (a la espera de Blanca), nos habíamos provisto de bastones que demostraron una vez más su eficacia en suelos como los que recorrimos (y al día siguiente más todavía, lo que entonces ignorábamos). Aunque el firme pedregoso, la estrechez de partes del camino y algún que otro desnivel de cuidado nos hacían difícil ir contemplando el horizonte, panoramas como el de la foto superior lo impedían. Piedras sueltas y la humedad de estos meses provocaron algunos resbalones, pero los bastones ayudaron lo indecible.


El día acompañaba: nublado y para nada caluroso al inicio, lo que lo hacía especialmente indicado para caminar.


Un rato después nos adentramos directamente en la laurisilva, el bosque subtropical característico de esta zona de la isla y que fue uno de los motivos de su declaración como reserva de la biosfera en el 2015.



Barrancos profundos en los que el sol penetra con dificultad y siempre poco tiempo y las brumas y nubes características de Anaga convierten el bosque en un espectáculo en el que la abundante humedad tapiza árboles y rocas con musgos y líquenes.



Hubo algún descenso delicado, pero lo resolvimos sin incidencia alguna integrados en una naturaleza excepcional.


Así llegamos a un punto avanzado en el que divisamos el mar entre dos enormes roques: a la derecha el enorme de las Ánimas y a su lado, el de Enmedio, que enmarcan la llegada a Taganana, la capital de Anaga, que hoy se subdivide entre el pueblo de siempre y los restaurantes que han surgido junto a la playa. Un pueblo con mucha historia que ha vivido aislado de facto hasta antes de ayer. Esto es, hasta que hace unas décadas se construyó una carretera que puso fin a la marginación, pero aún así estrecha y plagada de curvas, pero nada que ver con moverse directamente por el monte, única opción hasta entonces.


Delante, aparentemente a no demasiada distancia, veíamos ya Taganana, pero todavía nos costó un rato llegar cubriendo una bajada incómoda plagada de piedras como losas,  restos del antiguo camino. Botas con piso fuerte son muy necesarias en este tipo de suelos.


Aunque principal en Anaga, Taganana cuenta ahora con unos 150 habitantes. En su momento tuvo mucha relación con Portugal y es el nombre que recibe su barrio más antiguo. Allí se instalaron maestros azucareros llegados desde la isla lusa de Madeira en el siglo XVI. Ellos precisamente habilitaron el camino de Las Vueltas para llevar el azúcar a La Laguna. Asusta pensar cómo serían esos transportes. Su fisonomía, y particularmente las calles adoquinadas, evidencian claramente aquella herencia portuguesa.


Su aislamiento y un suelo casi imposible de cultivar son la causa de que tenga escasa población,  independientemente de que el paisaje es extraordinario. En la foto siguiente quisimos sacar el magnífico drago, un árbol muy peculiar y bastante habitual por Tenerife.


Hay algunos cultivos, escasos, en pequeñas terrazas que los paisanos han logrado acondicionar en las laderas de los barrancos y en algunas pequeñas mesetas. Eso y el turismo son las únicas fuentes de ingresos.


Pusimos punto y final a la caminata en el guachinche (popular restaurante tradicional tinerfeño, con pocas especialidades y en origen destinado a dar salida al vino cosechado por el propietario) Bibi y Mana, donde degustamos queso asado, papas con mojo, pulpo frito, carne fiesta y bacalao, entre otros manjares, y muy bien atendidos. 


Con tiempo hasta la hora de tomar el bus para retornar a Santa Cruz, descendimos desde el pueblo a la playa. Un cartel explicativo recuerda que allí fondeaban barcos ingleses en medio de su travesía para aprovisionarse de vino de Taganana. Ante la ausencia de puerto, una barca arrastraba los toneles hasta los buques. Aunque pequeña la producción, se mantiene en la actualidad y vivió su momento de gloria años atrás cuando el expresidente Obama lo eligió para una cena en un restaurante de Nueva York.


El paisaje desde la playa, conocida por su pasado como Roque de las Bodegas, es espectacular y en verano acuden numerosos aficionados al surf.


Según cuentan, la roca de la imagen superior llegaba siglos atrás hasta tierra y formaba un arco, que obviamente ha sucumbido a la fuerza del mar.


Y ya vestidos de calle, una vez duchados y relajados, el grupo decidió de noche darse una vuelta por Santa Cruz para descubrir la capital tinerfeña.

jueves, 19 de abril de 2018

(2) Anaga: de la Cruz del Carmen a Punta del Hidalgo


Al día siguiente continuamos explorando Anaga por segunda y última vez, de momento. El lugar de salida fijado por Fernando fue la Cruz del Carmen. Es un punto muy concurrido y allí se encuentra un pequeño centro de interpretación de la comarca. 


Pese a su modestia, recorrerlo permite hacerse una idea de las maravillas naturales que encierra Anaga y de la vida que sus habitantes llevaron casi hasta ayer mismo, en un lugar tan complicado para sobrevivir. A 920 metros de altura, se trata de un cruce de caminos utilizado en el pasado para dar salida a los productos de esta comarca. Hay tambien un mirador para contemplar La Laguna y sus alrededores.


Iniciamos la marcha entre brumas y por un camino cómodo en suave descenso. Todos nos preguntábamos si se trataba de un espejismo o, realmente, iba a ser una etapa relajante. Ni mucho menos fue así, como después comprobaríamos. Aunque enseguida salió el sol, el suelo estaba húmedo y a ratos embarrado, lo que obligaba a tener cuidado con los resbalones.


Abandonada la protección del bosque de laurislva aparecieron los majestuosos paisajes de Anaga: barrancos, cortados, diques volcánicos e incluso vallecitos con caseríos y pequeñas áreas anexas con cultivos. 


Seguíamos moviéndonos con comodidad, pero esto pronto iba a terminar. Avanzo los datos de ese día: acabaríamos haciendo casi 11 kilómetros, nada de particular, pero la clave es que acumulamos 645 metros de subida y, ojo al dato, algo más de 1.500 de descenso.


Ignorantes de las dificultades que se avecinaban, seguíamos disfrutando con las flores silvestres, como este bicácaro campanilla tan llamativo.


Bordeamos un caserío en el Roque de los Pinos que disfruta de una vista excepcional y donde tiempo atrás su propietario tuvo que tomar medidas ya que perros asilvestrados le diezmaban el ganado. Ahora, una verja protege sus cabras y el problema al parecer está resuelto.


En esta primera parte del camino, con suelos que permitían levantar la vista, firmes, de arena y todavía sin pendientes excesivas, el paisaje envolvía nuestros sentidos.


El disfrute duró un buen rato.


Nos encontramos también con dragos enormes.


Y también diques volcánicos tapizados en verde hasta la misma cresta y ya con el Atlántico al fondo.


En el caserío de Chinamada, ya  a 600  metros sobre el nivel del mar, donde paramos unos minutos para tomar un pequeño refrigerio, iban a cambiar las tornas. Situado entre el barranco de la Angostura y el del Tomadero, este asentamiento rural incluye casas cueva.


Allí nos percatamos de este curioso sistema de hidratar los cultivos de papas, que consiste en colocar hojas de tunera, muy húmedas, que se la aportan al cultivo.


La materia prima es muy abundante en toda la zona.


Algo más de mediada la ruta llegamos al mirador de los Dos Hermanos, donde la preciosidad de la vista obligaba a un descansillo. El aire era fresco, el mar estaba casi a nuestros pies e íbamos a iniciar un descenso en picado.


El cortado  cae casi en vertical y no es tampoco un sitio amplio, por lo que se ha protegido con una valla de madera en la que posaron Jaime y Maika tan felices.


El día nos acompañaba y si acaso había que tener la precaución de protegerse del sol.


Se iniciaba aquí la parte más dura, sobre todo por las características del suelo, con piedras sueltas de todo tipo y tamaño que obligaban a moverse con cuidado y justificaban caminar con botas. 


Rodeados de cardones y de todo tipo de monte bajo (tabaibas, brezos en flor, follaos y tajinastes, principalmente) y con abundancia de oquedades naturales, cuya configuración explica por qué en el pasado se construían casas cueva siguiendo la tradición guanche, aunque ellos se limitaban a habitar directamente en estas cuevas.


Hay algunos tramos en los confluyen una elevada pendiente, las piedras y también tierra, lo que obliga a descender con lentitud y asentando el pie casi como si se caminara sobre hielo. Y con piedras irregulares se incrementa la dificultad.


Así estuvimos un buen rato y cuando llegamos al nivel del mar aún tuvimos que caminar ¡sobre piedras y guijarros! para llegar a Punta del Hidalgo. Y en este momento, con el sol en lo alto, hacía calor. Como recompensa, la visión del mar era espléndida.


Con buen apetito, dada la caminata y los avanzado de la jornada, nuestro destino a efectos gastronómicos era la Cofradía de Pescadores. Al tratarse de un lunes estaba poco concurrida y nos ofrecieron una verdadera sorpresa:


Se trataba de la mitad de un mero que pesaba 6 kilos, lo que da idea del tamaño completo del peixe. Éramos diez comensales y nos pareció una proporción razonable, así que aceptamos y nos lo prepararon a la brasa. Todo un acierto, estaba exquisito y nos costó terminarlo. De entrantes, pulpo, papas y camarones. Un lujazo.


Junto a nosotros el mar golpeaba con fuerza y las olas amenazaban alcanzar el paseo. Con esa música de fondo comimos tranquilamente y después subimos hasta la carretera para tomar el bus hasta La Laguna. Habíamos dejado los coches en la Cruz del Carmen, por lo que un grupito tomó un taxi para ir a recogerlos y dar así por concluida la jornada. Al día siguiente tocaba desplazamiento a El Hierro y visita organizada por la mañana a La Laguna.


miércoles, 18 de abril de 2018

(3) La Laguna y llegada a El Hierro


Jornada de transición. Sin duda, no era recomendable cambiar Anaga por El Hierro de repeten, y así lo hicimos. El horario del avión, a las cinco de la tarde, permitía una caminata de despedida, pero optamos por un recorrido por la histórica La Laguna, ciudad Patrimonio de la Humanidad. Y lo es desde el año 1999, al parecer por ser ejemplo único de ciudad colonial no amurallada, de tal forma que el trazado urbanístico de su centro histórico ha permanecido prácticamente intacto desde el siglo XV sirviendo de referencia a numerosas ciudades coloniales americanas, como La Habana Vieja, Lima o Cartagena de Indias, con las que tiene bastantes similitudes. 


En este rato seguimos a una guía que durante casi dos horas nos mostró algunas de sus maravillas. En la imagen superior, el grupo en la céntrica Plaza del Adelantado, con el Palacio de Nava y Grimón al fondo, que actualmente se encuentra pendiente de que se decida su restauración y su destino definitivo. 



El paseo había comenzado en el convento de Santo Domingo, donde recibimos una visión general de lo que es y ha sido la que fue primera capital de Canarias, y luego continuamos por calles principales que conforman su actual centro peatonal.


En este trayecto no pudimos dejar de observar algunos verodes que nacen en los tejados, toda una atracción que es posible encontrar en muchos lugares de la isla.


Y en un lado del Adelantado, el convento de las madres Dominicas, un recinto amplísimo que ocupa una manzana entera con sus altos muros encalados. Destaca sobre todo su aljimez (hay un segundo en otra de las esquinas), desde donde las monjas de clausura podían seguir, sin ser vistas, la vida ciudadana en determinados momentos (procesiones, etcétera). Una vez al año, cada 15 de febrero, una multitud hace cola para visitar el sepulcro de una de sus monjas, conocida como "la siervita", cuyo cuerpo se ha mantenido incorrupto desde que murió, en el año 1731. 


La visita incluyó también la entrada en el típico patio canario de la Casa Salazar en la que se ubica el obispado de Tenerife, correspondiente a la diócesis "nivariense". Este nombre viene de Nivaria, que los romanos dieron a Tenerife, se dice que aludiendo a las nieves de la cumbre del Teide. 



También llegamos a uno de los extremos de la ciudad, junto al mercado, donde se encuentra la iglesia de San Francisco, santuario del patrón de la ciudad, el Cristo de la Laguna.


El teatro Leal, perfectamente recuperado hace pocos años, fue otra de las paradas.


Por último, recalamos para comer en la taberna La Casa de Óscar, en la calle Herradores, una de sus vías peatonales, que hasta hace una década fue tienda de ultramarinos. Mientras comíamos, supimos que había sido el hogar de un conocido pintor surrealista lagunero, Óscar Domínguez. Es un local con sabor y se intuye la historia que atesora. Aparte, tiene muy buenas tortillas.



Y de allí al aeropuerto cercano, donde nos encontramos con Mariajo y Manolo que después de salir de Madrid, donde hicieron escala, para Tenerife, y cuando llevaban casi una hora en el aire, volvieron a Barajas al parecer por una avería en el avión. Tras los primeros nervios y cambio de vuelos los reencontramos con algún retraso sobre el horario previsto y pudimos salir todos juntos hacia El Hierro. 


El vuelo duró apenas media hora y pudimos ver la Punta del Teno y los Gigantes. También sobrevolamos la Gomera. 


Enseguida recalamos en el minúsculo aeropuerto de El Hierro, una pista corta, recortada por el mar en ambos extremos, y con una pequeña terminal y ni sombra de hangar alguno. Tampoco es para extrañarse.


Es una isla atractiva, como comprobaríamos en los días siguientes, pero carece de playas y por ello el turismo es residual aunque muy importante para la economía local. Y viven en ella poco más de 10.000 personas en 268 kilómetros cuadrados. Todo muy familiar, pero moverse allí, con su orografía, puede ser más o menos sencillo pero no rápido.


Es la isla más pequeña del archipiélago canario, reserva de la Biosfera desde el año 2000, y su origen, como las demás, es volcánico aunque, en comparación, es la más joven de todas, como bien nos explicó Fernando, con aproximadamente un millón de años. 


A diferencia de las otras islas, tiene pocos barrancos y la cumbre está prácticamente en el centro, aunque la superficie se fue ampliando en diferentes ocasiones en que se produjeron nuevas erupciones y deslizamientos de lava en gran parte del territorio. 


A más de 1.000 metros de altura, la vista sobre el municipio de Frontera desde el ventoso mirador de Jinama, es magnífica.


Y según adonde dirigieras la mirada, el mar de nubes interrumpía la visión, pero el panorama era todavía más atractivo.


Observamos el tronco de sabina que culmina la ascensión a Jinama, por donde llevan cada cuatro años a la Virgen de los Reyes. Fernando y Blanca conocen a fondo este acontecimiento tan especial para los herreños y los visitantes,  y unos días después, cuando hicimos la subida, entendimos un poco más sus explicaciones.


Antes de retirarnos al hotel, nos desplazamos al mirador de La Peña, diseñado por César Manrique, su obra en El Hierro.


La vista es también sobre el valle del Golfo (municipio de Frontera, aunque ninguna de las poblaciones de este ayuntamiento tiene tal nombre) es completamente a vista de pájaro.


Y este mirador, que incluye un restaurante, está en línea con el conjunto de su obra destinada a resaltar los valores medioambientales y a incardinarse en el paisaje sin importunarlo.


Recorrimos el amplio mirador, construido con piedra volcánica, y nos permitimos fotos espectaculares con la caída del sol. Empezábamos a palpar una isla tan especial, y poco conocida.