viernes, 21 de octubre de 2011

(1) En las cumbres de la Caldera


El sábado llegamos a La Palma. El vuelo desde Vigo discurrió sin novedades. Facturamos, parada en Madrid y llegamos a la isla algo antes de las tres de la tarde, a su hora.
Nuestros anfitriones, Ogandenia y Víctor, con el importante refuerzo de Blanca y Fernando, nos aguardaban en el aeropuerto palmeño. Con ellos, una guagua, bus para los no ilustrados, que nos llevó al hotel, la Hacienda de San Jorge, a poca distancia de Santa Cruz de la Palma, la capital isleña.


Pero en el hotel solo se trataba de dejar la maleta y andando nos llevaron a la vecina playa, donde habían reservado en un chiringuito, El Pulpo, donde nos estrenamos en la gastronomía local con un encargado verdaderamente coñón. Queso a la plancha, las inefables papas arrugás con mojón, picón y no picón, y pescados fritos. Salimos satisfechos dispuestos a afrontar la tarde previa a la primera caminata.

La visita a la playa, con bandera azul pero de arena negra, fue una de las opciones.

La zona, como se aprecia, es muy atractiva aunque la piscina del hotel, en la que todavía no hemos hecho fotos, es fantástica.

A última hora de la tarde nos acercamos a Santa Cruz en varios taxis. La población, perdón la capital de la isla, tiene 20.000 habitantes (85.000 toda ella) y una calle Real que pillamos vacía pero muy interesante.

Una de las cosas que más nos atrajeron fueron sus balcones de época, en madera y muchos  con plantas bellísimas.

Daban a lo que ahora es un paseo, pero cuando se construyeron directamente sobre el mar. El cuartucho de la derecha en su momento era el baño y el desague se perdía entre las olas. El resto lo dejo a la imaginación del lector. Tras el paseo tomamos unas tapas y comprobamos que, como dice y repite Ogadenia, el canario busca antes que nada no estresarse. Y a fe que lo consiguen: unas tapitas de nada, una cafetería casi vacía, tres empleados y dos horas para el condumio. Hasta Ogadenia se dormía, pero a simpáticos y amables nadie les gana.

A la mañana siguiente directos a la Caldera de Taburiente con nuestro guía, Fernando, de camiseta naranja, y Toño, bastante más que el chófer, de corbata a la izquierda de Fernando, en una parada del ascenso a la Caldera. Son 36 kilómetros de subida hasta alcanzar los 2.450 metros, con un montón de curvas  y un paisaje que ambos nos fueron explicando. Fernando ejerce de paciente guía con nosotros que tenemos el gusto de disfrutar de sus grandes conocimientos de esta isla, sobre todo porque nos ha hecho el favor no sólo de querer compartirlos con nosotros, sino también de organizar en gran medida la intendencia de este viaje: traslados, comidas y demás. Tenemos la sensación de que con él todo va a ir de cine y vamos a conocer muy bien La Palma con la que está entusiasmado desde hace muchos años.

El paseo empezó en el Astrofísico del Roque de los Muchachos, en el cielo de la isla a 2500 metros de altitud.

Y aquí una vista de Santa Cruz desde las alturas, con trasatlántico incluido.

Y el conjunto del astrofísico.


Poco a poco nos pusimos en ruta con un paisaje de aspecto lunar de la lava que los volcanes soltaron aquí tiempo atrás, muy atrás, pero tenemos El Hierro muy cerca.

Empezamos a andar con ganas y sin que los 10 grados que nos preanunció Fernando aparecieran.


El ambiente era atractivo, teníamos ganas de pasear, un guía de lujo y el tiempo acompañaba.

 La fila de dieciséis esforzados llamaba la atención. En todo el día no nos cruzamos con ningún grupo similar.
 Las formas creadas por la naturaleza nos sorprendieron toda la mañana.
Al final, andar no andamos mucho, apenas 13 kilómetros, pero empleamos 5 horas y 20 minutos. Y es que la ruta fue rompedora: subir y bajar, subir y bajar, y un empedrado de piedras sueltas que obligan a mirar constantemente al suelo so pena de dar con los huesos en el suelo, lo que pasó a más de uno y una.

Las paredes que se han formado impresionan, y hubo una, la de Roberto, que tiene una bonita leyenda que Fernando nos explicó. Es un poco larga, pero solo apuntaré que Roberto es el diablo y alude a los amores de una pareja y terminar no termina muy bien.

Empezamos en el Roque de los Muchachos y acabamos en el Pico de la Nieve, topónimo que hace alusión a la nieve que cae aquí casi todos los inviernos, aunque en este 16 de octubre parecía inimaginable. De este pico descendimos un par de kilómetros intentando no caernos con la mullida alfombra de agujilla de pino en cantidades asombrosas. Y que pinos estos canarios, robustos, de amplio tronco y tan diferentes a los gallegos y castellanos.


 Los tramos planitos, como este que encabeza Fernando, fueron la excepción, por desgracia.

Pero pese a las dificultades disfrutamos del día, del paisaje y de este excepcional parque nacional.

 El remate, de lo mejor, fue Casa Astiano, un restaurante donde aparecimos a comer a las cinco de la tarde. Repetimos el queso y las papas del día anterior, seguido de sopa y garbanzos con carne y proseguimos con carne de cerdo, ternera y conejo más postres. Realmente, estuvo bien y un precio de lo más competitivo, como el día anterior.

Y de vuelta al hotel baño en la piscina, una copita, tertulia y ni un recordatorio de la cena. Habíamos quedado saciados. Y a descansar para el día siguiente.

jueves, 20 de octubre de 2011

(2) Bajo las laurisilvas y mucho más

 Los que hemos vivivo en Vilagarcía sabemos que en la isla de Cortegada existe el bosque de laurisilva más importante de la península, y dentro de España los mayores están en La Palma. Aquello entonces sonaba lejano, pero ahora que estamos en la isla nos vuelve a la memoria. Hoy ha sido el día de los bosques de laurisilva, pero la megaexcursión ha incluido mucho más y trataremos de resumirla. Como siempre salimos pronto, a las 8:15 con nuestro guía oficial, Fernando, y con el descubrimiento de Toño, el chófer de la "guagua" quien disfraza su profesionalidad de guía bajo el disfraz de conductor, aunque cada vez le queda más corto. 
 
Al poco de salir hicimos, a iniciativa suya, una parada en el monumento del mirador de San Bartolomé a un enamorado que murió saltando con una pertiga con la que cruzaba los barrancos.

La vista desde allí incluía unos majestuosos barrancos, que todos ellos marcan la geografía palmera. Toño y Fernando nos aleccionan a cada momento de cómo era la vida en la isla hasta que en los últimos años se han construido puentes, túneles y carreteras que han posibilitado la movilidad de los habitantes de La Palma, realmente limitada hasta puntos inimaginales.

Enfilamos al norte de la isla bordeándola por el este y luego empezamos a andar, con Manolo portándose como un campeón.
 Después vino el plato fuerte, un largo recorrido por el fondo de un profundo barranco bajo un inmenso bosque de laurisilva. Toda una experiencia y un auténtico lujo para los sentidos.

Bajábamos y subíamos, claro está, pero no fue una paliza como la del día anterior. Suavecito y placentero a más no poder.

Puentecitos, sotobosque despejado, una luz irreal y un tanto brumosa, tranquilidad a espuertas, un placer para el senderista.

Y en el fondo del barranco, por lo demás completamente seco, un frescor muy agradable en un día que una vez más fue caluroso.
 
Y al final del barranco encontramos el cabado, su limite físico trabajado por la erosión del agua. Este se llama La Catedral por recordar el ábside de una iglesia.

Repetimos fotos, a instancias de Álvaro, todo el día cargando, una jornada más, con su megacámara, bastante pesada, por cierto.

En la de arriba se empeñó en fotografiar unos helechos, planta que nos acompañó todo el día, con la excusa de que nosotros estábamos detrás, pero es evidente que la planta era el objetivo. Y nosotros, tan acostumbrados a los helechos gallegos, los veíamos parecidos pero diferentes, bastante más grandes. 

Y al acabar, después de ver una senda con petroglifos para amplir un poco el paseo, que nos sabía a poco (tres horas y algo), pasamos de las manos de Fernando a las de Toño, que nos hizo una tournée por el norte y el oeste de la isla.
 
Paradas obligadas, y tanto, en los roques de las Tabaibas (nombre de una planta abundante allí) y de San Roque. Espectaculares.


Allí abajo el guía bis insistía en asegurar, y era cierto, claro, que hubo puerto, Santo Domingo, en el que cargaban mercanía para llevarlos a Santa Cruz, la capital, ya que por tierra firme con los barrancos era casi imposible. Era un día tranquilo y parecía milagroso que allí hubieran podido atracar barcos alguna vez.

Mirábamos y mirábamos, encantados con la vista bajo un sol castellano y bastante calor.

E incluso aprovechamos para ajustar las bisagras.

 Este roque era el más impresionante .

Y siguiendo la ruta llegamos al oeste, a Los Llanos, la capital económica de la isla, plagada de plantaciones de plátano aprovechando la abundamente agua proveniente de la Caldera, que por allí tiene salida en un megabarranco.

Entre subida y bajada del autobús, Porota feliz con las plantas que fue arramplando, entre otras una Verode, típica de Canarias.

Entre plataneros sin fin, Fernando le sujetaba a ratos el micro a Toño para que nos ilustrara. Uno y otro nos dieron lecciones impagables tratando de trasladarnos sus conocimientos.

Previamente habíamos degustado de nuevo unos barraquitos, otro de los descubrimientos adquiridos en esta tierra. Es un café diferente con varias capas bien definidas: abajo leche condensada, luego licor 43, el café bien caliente y nata y también canela. Una bomba pero riquísimo.


Y antes de iniciar el retorno, clase práctica de Toño sobre cultivo de plátanos.

 Al borde de una carretera, en la que Porota hizo algunos jueguitos. Sobre el escenario, Toño nos ilustró con detalles sobre el cultivo, como los racimos se crían de una forma, luego cambiar de orientación, el desfloramientos de los plátanos. 

Interesante, además con detalles sobre la rentabilidad y los sistemas de explotación. Y además, dando la impresión de que disfrutaba igual que nosotros, que estamos de vacaciones. Y volvimos pasadas las siete de la tarde, tras casi doce horas de excursión, pero él, claro está, estaba trabajando.
Era ya de noche cuando, igual que todos los días, nos dimos un bañito en la piscina del hotel iluminada. Una gozada. Lo que no pudimos hace una vez más fue cenar, ya que la comida en el restaurante Los Reyes a base, nuevamente, de cosas típicas de la zona, entrantes a base de queso con mojo, papas, potajes, carne de cabra, conejo, costillas y postres, y hasta un vino de tea , nos dejó a reventar e inhábiles para tomar nada hasta el día siguiente...Pues éso que, como se puede ver, lo estamos pasando fatal........

miércoles, 19 de octubre de 2011

(3) A por el agua de Marcos y Cordero

Tocó de nuevo barranco, a la búsqueda de los nacientes de Marcos y Cordero, dos grandes manantiales de agua que surgen de la tripa de una montaña a más de mil metros. Salimos pronto, pero el autobús nos recogió junto a la playa justo en el momento en que estaba saliendo el sol
Hacía ya un rato que había amanecido, pero estaba nublado y parece que estábamos entre unas brumas.

Toño nos apareció hoy con una especie de guagua todo terreno con enormes ruedas, carrozada sobre el chasis de un camión.

Así pertrechados enfilamos una pista de tierra con suelo en ocasiones muy irregular y donde a veces las ramas obligaban a bajarse a algunos viajeros para retirarlas, una función que realizaron los habituales voluntarios.

Era la misma para subir y bajar, pero afortunadamente a nadie se le ocurrió venir en sentido contrario. Toño, por lo demás, no mostraba la menor preocupación mientras sus guiris de esta semana se movían como si estuvieran a lomos de un elefante dado el traqueteo.

Para más realismo, aunque no ha habido lluvias recientes, algún tramo estaba embarrado.

Retirados los obstáculos y conocidas las propiedades del Viñátigo, llegamos al punto de partida de la ruta tras una hora de todo terreno. El árbol en cuestión (Toño dixit) tiene supuestamente unas hojas que al mascarlas tienen propiedades alucinógenas y nos señaló bordes secos. Se debían, insistió, a que suben ratas a roerlas, lo que les deja en un estado de aparente borrachera. Les debe gustar, pero entonces son presa fácil de las aves rapaces.

En la foto estamos ya en la llamada Casa del Monte, a punto de comenzar el recorrido.
Empezó el baile hacia Marcos y Cordero. Íbamos a recorrer la ladera de una montaña atravesando catorce túneles, el mayor de 400 metros, excavados en el ya lejano siglo XVI por los primeros pobladores (occidentales, claro) para transportar el agua.

Son estrechos, irregulares, sin iluminación ya que su único objetivo es el canal de agua que los atraviesa. Toño se puso ropa de faena (arriba, derecha) y nos acompañó hasta el último. Luego se volvió para llevar el bus hasta el punto de llegada. Además de caminante, conoce la isla y las plantas, y nos iba ilustrando.

Uno de los riesgos son los golpes en la cabeza y a veces en los hombros, por lo que hay que controlar las paredes y techos irregulares mediante la linterna y el bastón. Este último hay que llevarlo tanteando el techo, pese a lo cual alguna caricia es inevitable.

En algunos hay charcos, pero eso es lo de menos.

Disciplinados, mantuvimos el ritmo todos ataviados con el gorro como liviana protección, pero menos es nada.

Los afortunados (previsores más bien, ya que todos estábamos advertidos) con linterna frontal lo llevaron bastante mejor. Parec'ian mineros.

Y los que no, a aguantarse, incluso cuando en un despiste la linterna rodó ladera abajo y tuvo que contener el impulso, un poco suicida, de ir a buscarla.

Y entre túnel y túnel, a disfrutar del paisaje que incluía magníficos ejemplares de pino de muchos metros de altura y enorme grosor enganchados en lugares inversosímiles de la montaña, casi sin apoyos y más bien sobre rocas.


Y dentro de los túneles, Álvaro consiguió "engañar" a su cámara y con un punto de luz  para hacer que el flash se portara e iluminara con si fuera de día en el interior, pese a que la oscuridad era casi completa.

Y llegados al último pasadizo, del que ahora hablaremos pues fue el momento cumbre, la escalada con un río en el mismo camino discurriendo como un torrente.
El ascenso es delicado y existe una cadena para ayudar al paseante.

El mismo sitio, pero aquí en un trozo cómodo, donde una pared separa bastante de la torrentera.

Superada la prueba, foto de grupo en uno de los nacientes, creo que Cordero, pero da igual, saliendo el agua de las paredes, de dentro, no cayendo, a nuestras espaldas. Antes de iniciar el descenso, dar una pincelada del último túnel: corría el agua por su interior como un río, era el más largo y solo se puede atravesar pisando encima de una acera del ancho de un ladrillo por su parte estrecha. Así hay que mantener el equilibrio, con el agua, muy  rápida pues está en pendiente, montándose sobre las botas. Cuesta.

Y luego la parte más larga, unas tres horas o más, pero que menos juego dar para contarla: el descenso del barranco, con ¡900 metros! de desnivel. En ocasiones por el fondo, como en la foto superior, y en otras por un camino en la ladera, al principio alternando pero luego siempre en la ladera a gran altura.

El silencio era total, salvo nuestro propio ruido y los caminantes que hacen la ruta en sentido contrario, más duro según Blanca, la mujer de nuestro guía, Fernando, que la ha hecho varias veces.

Y una paradita en un recodo para el recuento, no vayamos a terminar menos de los que empezamos.


La humedad y el esfuerzo nos hacen sudar, y algunos músculos cantan que no veas, salvo, con seguridad, en el caso de Porota.


Y una vez terminada la marchita, en la que empleamos cinco horas, Toño nos llevó a Andres, donde Fernando había reservado para comer. Hicimos el camino entre plantaciones de plátano.

El sitio estaba bien, en una placita peatonal junto a una iglesia del XVII, donde pudimos comer al aire libre.

Probamos el escaldón de gofío (arriba) que estaba rico, y volvimos al peixe, frito y a la plancha, además de las papas con mojo y unos chipirones fritos. Chapeau.